Oscar Bachtold
Tras la huella del jaguar

Jorge Tapia Ramírez

Sigilo de jaguar en el bullicio selvático; vuelos rasantes en la casa de los murciélagos; decapitaciones y luchas sin fin; nombres perdidos de dioses mayas en los cenotes del inframundo.

Oscar Bachtold (México, 1962) hace acopio de esos rastros de la memoria; palimpsestos del tiempo que guían su trabajo plástico que revela un pasado inscrito en nuestro ser mexicano, a la vez actual e intemporal. Él percibe, selecciona, disecciona y plasma en sus pinturas las huellas del temperamento prehispánico que no deja de manifestarse en la vida cotidiana.

Porque, asevera, la huella del jaguar maya aún es fresca; se trasluce en los rostros, en la cosmovisión, en el alma y en las actitudes de los mexicanos herederos.

El autor expresó al Boletín UAMI esa obsesión que domina su obra en el marco de la inauguración de su muestra “Mundos modernos del Popol Vuh”,  inaugurada el tres de marzo pasado en Centro Cultural “Casa de las Bombas” de la UAMI, para permanecer ahí hasta el 31 del mismo mes. Oscar Bachtold, en un collage de narraciones del mundo mítico maya y prehispánico, hizo una suerte de síntesis del universo que se explica, se interpreta y se recrea a sí mismo a través de la cosmogonía precortesiana. Así, con su fauvismo mexicano, Bachtold recobra con inusitada fiereza la génesis de nuestra sangre y de nuestro ser desollado y rehecho, marcado por su destino mestizo de carne y espíritu.

Los lienzos del artista son fieles a la violencia subyacente y explícita en las historias del Popol Vuh -la Biblia de América- cuya constante es la confrontación de fuerzas antagónicas en el devenir de la cultura maya; el dilema universal de dioses contra dioses, dioses contra hombres y hombres contra hombres.

Los mitos y ritos mayas así lo consignan, como el juego de pelota, tema recurrente en la obra pictórica de Bachtold, quien acepta que el uso abigarrado, contrastado y sobreabudante del espectro cromático es un rasgo de su obra y un recurso por el cual enfatiza su narrativa plástica, tal y como se comprueba, por ejemplo, en su óleo sobre tela “El espíritu del Jaguar” (200x125 cms., 1998).

En todo este ejercicio, lo naíf juega su papel deliberado en la composición y en la narrativa, como puede comprobarse en sus cuadros sobre la cultura popular de la lucha libre.

El afán estético de Bachtold sólo rivaliza con la historicidad de su temática. Una búsqueda que no se ciñe a los hechos o a una cronología rigurosa, sino a los vestigios de la cosmovisión y del temperamento que se expresan en las relaciones de los mexicanos con ellos mismos y con el mundo.
Sus óleos sobre peluche dan constancia de su expresionismo de nueva figuración, como declara explícitamente al Boletín UAMI, asumiendo las influencias de un Toledo y de un Tamayo, tal y como lo sugiere el díptico de las tortugas y los murciélagos.

En la inauguración de la muestra, respondió al cuestionamiento de numerosos alumnos de secundaria que externaron preguntas elementales, pero por ello mismo, con la lucidez de una percepción fresca y de una curiosidad temprana que añoramos. En esa comparecencia, el autor se dijo conocedor absoluto de su vocación pictórica; comprobación que se establece en una rutina que le posibilita pasar horas y horas en su trabajo plástico y en el estado de plenitud, que a su vez le permite concebir esa trasposición de los tiempos expresada en sus lienzos.