La Ecología en México



Es la ciencia más incluyente y diversa. Su ámbito de acción es enorme y tal vez sea la ciencia más importante para la comprensión cabal, el manejo y la conservación del mundo en que vivimos. Esta ciencia tiene su ámbito de acción en el estudio de las interacciones entre los seres vivos y el medio en que viven. Una definición operativa y aceptada en el ámbito científico es: “La ecología es el estudio científico de la distribución y la abundancia de los organismos”, propuesta por H.G. Andrewartha en 1961.


La ecología es considerada como una rama de la biología y se puede estudiar en diferentes niveles de organización, desde el de moléculas, proteínas y ácidos nucleicos, células, individuos, poblaciones (conjunto de individuos de una misma especie), comunidades (conjunto de poblaciones de especies diferentes que coexisten en un lugar y tiempo determinados), hasta ecosistemas, integración del elemento biótico y abiótico de las comunidades. La ecología es una ciencia holística o integrativa que se nutre de casi todas las ramas de la biología, además de otras disciplinas como la geología, la química, la física, la climatología, la geografía y las ciencias sociales.


Aunque se le considera como una de las ciencias más jóvenes, sus raíces se extienden en las profundidades más remotas del desarrollo de la humanidad. Las representaciones de la naturaleza encontradas en las pinturas rupestres del Paleolítico, de hace unos 30 mil años, constituyen las primeras aproximaciones documentadas de la conciencia del hombre sobre su entorno. Incluso, hablando en términos de ciencias bien establecidas podemos afirmar que disciplinas como la parasitología y la microbiología que son de las ciencias biológicas más antiguas, tienen un componente ecológico importante y su desarrollo debe considerarse como parte de la historia de la ecología, aunque los especialistas prefieran mantener su identidad de manera independiente.


Aunque diversas observaciones e interpretaciones de interacciones ecológicas se remontan a los orígenes de la ciencia, el término “ecología” no fue acuñado sino hasta 1866 por Ernst Haeckel y las acciones para darle cierta coherencia organizativa a esta ciencia se dieron hasta la última década del siglo xix.


La ciencia es producto de un pensamiento crítico y es claro que parte del pensamiento de los antiguos griegos incluían ideas que se pueden considerar ecológicas. Resaltan particularmente las ideas de Pitágoras (560-480 a.C.), Herodoto (484-425 a.C.), Platón (427-348 a.C.) y, por supuesto, Aristóteles (384-322 a.C.), acerca de lo que ahora conocemos como la idea del  balance de la naturaleza que hasta hace muy poco ha permanecido como uno de los paradigmas centrales de la ecología. En ellos podemos situar de manera más o menos clara los orígenes de la ciencia ecológica.


Si hablamos de la ecología como una disciplina científica, se considera que el primer texto relacionado con ella es La Historia Natural  de Selborne, escrito por Gilbert White en 1789. En este trabajo, por primera vez se plantean preguntas analíticas acerca de los factores que determinan los grandes cambios en la abundancia observados en avispas y lagartijas en Selborne, Inglaterra.


Corresponde a Ernst Haeckel, un naturalista, biólogo, filósofo, médico, profesor y artista alemán, el crédito de haber acuñado el término ecología. Más que por su contribución como científico, es ahora reconocido por su asombrosa capacidad para acuñar términos biológicos. Nombró a miles de especies nuevas, generó un árbol genealógico de la vida y creó multitud de términos biológicos fundamentales como phylum, filogenia y ecología y, propuso la existencia del reino protista. Haeckel introdujo el término ecología, Okologie en su obra Morfología General del Organismo, publicada en 1866. Este término tiene sus raíces en el griego oikos, que significa casa y logos, que significa estudio. En la concepción de Haeckel, ecología es el estudio de la casa o medioambiente de los organismos y él lo entendió como el estudio de las relaciones entre ellos.


Fue tal vez el siglo xix cuando la humanidad logró sus más significativos avances intelectuales y Charles Darwin y Alfred Russel Wallace plantearon las ideas básicas de

la evolución por selección natural. Sin embargo, la comprensión del drama evolutivo

no contó en esta época con el planteamiento de un escenario ecológico con bases científicas sólidas.


La más antigua de las sociedades ecológicas es la British Ecological Society, fundada en 1913 y seguida por la Ecological Society of America en 1915. Hasta la primera mitad del siglo xx, las investigaciones ecológicas habían sido fundamentalmente descriptivas con énfasis en comunidades vegetales, hasta que ecólogos como C.S. Elton y D. Lack comenzaron a abordar preguntas teóricas fundamentales acerca de los procesos que determinan los patrones observados. Las primeras respuestas a estas preguntas se dieron en términos puramente matemáticos con los estudios de V. Volterra, A.J. Lotka y otros. Hacia el tercer cuarto del siglo xx, autores como G.E. Hutchinson, R.H. MacArthur, D. Simberloff y T.J. Case, entre otros, contribuyeron a un avance explosivo de la ecología al combinar observaciones empíricas con enfoques analíticos para abordar las preguntas ecológicas. Este avance se vio reflejado en multitud de publicaciones y resumido en textos clásicos, entre los que debemos destacar Fundamentos de ecología, de E. Odum, de 1953;  Ecología. El análisis experimental de la distribución y abundancia, de C.J. Krebs, de 1972;  Ecología: individuos, poblaciones y comunidades, de M. Begon, J.L. Harper y C.R. Townsend, de 1986; e Introducción a la ecología conductual, de J.R. Krebs y N.B. Davies,  de 1993.


La ecología en México

El continente americano había estado ocupado por humanos por lo menos desde 15 mil años antes del encuentro de 1492 y, como lo muestran los escasos registros documentales que sobrevivieron al fanatismo “civilizador” de los conquistadores, la necesaria interrelación del hombre con la naturaleza impelía a diferentes aproximaciones al conocimiento y manejo de la misma, que son la esencia del quehacer de la ecología. Parte de este conocimiento pervive hasta nuestros días y trata de ser rescatado por la etnoecología, y otra parte se encuentra en documentos elaborados en los primeros años de la Colonia que fueron escritos por indígenas y colonizadores. Destacan entre los primeros, el médico Martín de la Cruz y el traductor Juan Badiano, que en 1552 elaboraron en latín y en náhuatl el Códice de la Cruz-Badiano, en donde describen plantas medicinales mexicanas utilizadas por los naturales a partir de su conocimiento de las relaciones con el medio. En 1559, el franciscano Fray Bernardino de Sahagún produjo una gran obra que entre otros aspectos abordaba la historia natural del antiguo México. Entre 1571 y 1577, Francisco Hernández, nombrado protomédico general de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano por el rey Felipe II, realizó una expedición que tenía por principal objetivo describir la historia natural de la Nueva España y estudiar la medicina herbolaria de los naturales. Esta expedición resultó en una obra de 17 volúmenes que no pudieron verse publicados por su autor y fueron rescatados parcialmente hasta el siglo xviii.


En 1780, el fraile jesuita Francisco Javier Clavijero escribe desde el exilio su obra

magna Historia Antigua de México  en donde, entre otras muchas cosas, diserta sobre los patrones de diversidad de los mamíferos del Nuevo Mundo comparándolos con los del Viejo Continente.


Uno de los personajes que contribuyó de manera significativa al desarrollo de lo que hoy es la ecología fue indudablemente Alexander von Humboldt. A partir de sus exploraciones en México y América del Sur pudo inferir patrones sobre cambio climático, distribución geográfica de organismos e incluso sobre deriva continental e impactos ecológicos por actividades humanas en sus obras Ensayo sobre la geografía de las plantas, en 1811 y Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, en 1834. Aunque las obras de Humboldt no pueden considerarse como parte de la ciencia mexicana, descansaron fuertemente en la contribución de naturalistas mexicanos cuyas obras consultó,  y reconoció el “celo por las ciencias naturales en que con tanto honor se distingue México”. Uno de estos naturalistas y quizá el más importante de los precursores de la ecología en México es José Mariano Mociño.


Doscientos años después de que Francisco Hernández finalizó su expedición a la Nueva España, Carlos III envió una nueva expedición concebida con una visión más amplia que incluía un equipo de médicos, botánicos, zoólogos y artistas. Dirigida por Martín de Sessé y Lacasta, abarcó de 1787 a 1803, casi 16 años   de intenso trabajo de campo e incluyó la instauración de la cátedra de botánica en la Real y Pontificia Universidad de México, el Jardín Botánico y el primer Gabinete de Historia Natural.


José Mariano Mociño se integró a la expedición en 1789, y es a partir de este momento que nace la ecología mexicana en la forma de una historia natural científica. Mociño fue mucho más allá de los objetivos de una expedición botánica, abarcando todos los aspectos relevantes de las ciencias naturales de la época: participó en el estudio de las erupciones del volcán de San Martín Tuxtla en Veracruz; el análisis de minerales para su utilización industrial; la descripción de la anatomía de peces, mamíferos, aves, insectos, mariposas, y realizó anotaciones acerca de nombres y usos de plantas con fines terapéuticos o nutricionales, además de los fines  botánicos. Incluso ejecutó importantes estudios de ecología humana en Nutra, hoy Vancouver. Los expedicionarios regresaron a España en 1803 y una serie de vicisitudes  que incluían los conflictos europeos y los procesos insurgentes en América motivaron que mucho del material que llevaron los expedicionarios se perdiera o pasara a diferentes manos, quedando sólo retazos de la magna obra para ser publicada. A este respecto, existe una leyenda que alega que Mociño, en uno de sus ascensos al cráter del volcán en 1793, enterró un cofre con los resultados de sus estudios y que espera a ser hallado para develar el conocimiento de la naturaleza de estas tierras


El siglo xix termina, en términos de la investigación ecológica mexicana, con la obra La vegetación de México del doctor José Ramírez.


En 1910, la Universidad Nacional crea la Facultad Nacional de Altos Estudios en donde se comienzan a formar profesores en ciencias naturales. En 1926 la Facultad Nacional de Altos Estudios se transforma en la Facultad de Filosofía y Letras de la que poco después se separa la Facultad de Ciencias. En 1929 se crea el Instituto de Biología de donde han surgido los principales ecólogos mexicanos y que publica los Anales del Instituto de Biología hoy Revista Mexicana de Biodiversidad que históricamente se han constituido como el pilar de las publicaciones mexicanas en ecología. Además, surgieron la Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, los Anales de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del ipn y el Boletín de la Sociedad Botánica de México en la década de 1940. Además destacan Biotica, que ya desapareció,  Acta Botánica Mexicana, Acta Zoológica Mexicana, el Boletín de la Sociedad Mexicana de Zoología, la Revista Mexicana de Mastozoología e Hidrobiológica, como revistas que contemplan temas ecológicos.


La primera cátedra de ecología la impartió el doctor Enrique Rioja como materia optativa, apenas en la década de 1950 en la Facultad de Ciencias de la unam. Esta cátedra fue retomada por el doctor Arturo Gómez Pompa en 1964 e incide de manera crucial en el desarrollo de la ecología en México con la formación de un grupo de profesionales que hasta la actualidad han conducido los rumbos de esta ciencia en nuestro país, entre quienes destacan Carlos Vázquez Yanes, Sergio Guevara y José Sarukhán. El artículo “El bosque tropical lluvioso como un recurso no renovable” publicado en 1972 en la revista Science por Gómez Pompa, Vázquez Yanes y Guevara constituyó un parteaguas en el desarrollo de la ecología mexicana moderna al abordar temáticas de interés global sobre los peculiares ecosistemas tropicales mexicanos. Por otra parte, la Comisión Nacional para el Estudio de las Dioscóreas dirigida académicamente por Faustino Miranda, Efraín Hernández X. y Arturo Gómez Pompa, contribuyó a la consolidación de un grupo de investigación en ecología de zonas tropicales.


Bajo la dirección del doctor José Sarukhán, en 1985 se creó el Departamento de Ecología en el Instituto de Biología de la unam, que se convirtió en Centro de Ecología en 1988 y en Instituto de Ecología en 1996. De estas instancias institucionales han surgido ecólogos mexicanos de alta calidad académica que en buena parte han pasado a reforzar plantillas académicas en diferentes instituciones del país como la Universidad Autónoma Metropolitana, el Instituto de Ecología, A.C., el Centro de Investigación Científica de Yucatán, A.C., el Colegio de Posgraduados, la Universidad de Sonora, el Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, el Instituto de Ecología y Alimentos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del ipn, el Cuerpo Académico de Ecología Tropical de la Universidad Autónoma de Yucatán y el Instituto Manantlán de Ecología y Conservación de la Biodiversidad de la Universidad de Guadalajara, entre otras. Varias de estas instituciones ofrecen programas de posgrado con orientación ecológica de donde cotidianamente surgen nuevos profesionales de una ciencia en pleno desarrollo.


Finalmente, en esta breve reseña histórica de la ecología en México, vale la pena mencionar  la creación en 1992, de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), que marcó un hito en la implementación de políticas gubernamentales relacionadas con este tema; así como el surgimiento, en el año 2005, de la Sociedad Científica Mexicana de Ecología, la primera sociedad nacional de ecología.


La ecología mexicana en la actualidad

El desarrollo de la ecología en México ha sido explosivo en los últimos años.  En 1980,

en México había solamente cinco ecólogos con el grado de doctor, y en la actualidad

hay más de 350 investigadores en ecología, trabajando en las principales instituciones nacionales. Asimismo, el número de artículos de investigación publicados en revistas de circulación internacional ha aumentado de 15 en 1994 hasta unos 254 en 2007. Si bien esta cifra es la mayor en Latinoamérica, es aún muy baja si consideramos la problemática ecológica de México.


En el año 2005, antes de la formación de la Sociedad Científica Mexicana de Ecología (scme),  los ecólogos mexicanos presentaban sus trabajos en los foros de diferentes asociaciones, principalmente en los congresos nacionales de las sociedades mexicanas de botánica, de zoología, de mastozoología y de entomología. La mayoría de los trabajos ecológicos se presentaban en los congresos de la Sociedad Botánica de México, y el máximo número de trabajos se alcanzó en el VI Congreso Mexicano de Botánica, realizado en 2004 en la ciudad de Oaxaca, Oax., con 448 contribuciones en esta área. Este número creció hasta 578 en el Primer Congreso Mexicano de Ecología realizado el año 2006 en la ciudad de Morelia, Mich. Estas cifras son un indicativo del creciente interés por la investigación ecológica entre profesionales de la biología y jóvenes estudiantes de las diferentes licenciaturas y posgrados que se ofrecen en el país.


Como un indicativo de los tópicos que mayor atención reciben de los ecólogos mexicanos, durante el primer congreso de la scme se desarrollaron 20 simposios bajo el tema “perspectivas de la ecología mexicana”. En estos simposios destacaron estudios sobre interacciones planta-animal en términos de dispersión de semillas, herbivoría y polinización; ecofisiología vegetal; ecología de invasiones; fragmentación de hábitats y sus efectos en conservación, ecología reproductiva y estructura genética de poblaciones, agroecología, manejo de ecosistemas terrestres y acuáticos y desarrollo sustentable;  ecología química; ecología de poblaciones de especies del desierto; ecología de bosques secundarios tropicales; ecología de insectos; ecología y evolución; educación ambiental y el ciclo del carbono relacionado con el cambio global. Estas temáticas, además de otras más puntuales presentadas en las contribuciones libres, representan el quehacer actual de los ecólogos mexicanos enfrentando problemas de investigación no sólo de interés local sino global, lo que constituye un impacto relevante en el desarrollo de la ciencia de la ecología en el mundo.


El reto de la ecología mexicana

México es un país con una topografía muy accidentada, una gran variedad de climas y suelos, así como una muy compleja historia geológica y biológica. Esto determina que en México se encuentre una muy grande diversidad de especies y que sea uno de los países conocidos como megadiversos. Aquí se encuentra alrededor del 12% de las especies conocidas en el planeta, ocupa el primer lugar en riqueza de reptiles con 707, el segundo en mamíferos con 505, el cuarto en anfibios con 293 y el quinto en plantas con 26 000; además de 2 700 especies de peces, 1 060 de aves y 30 mil de invertebrados, y hay que considerar que tal vez estos números apenas representen una pequeña fracción de la biodiversidad real existente y que se estima en unas 200 mil especies.


Actualmente, los ecosistemas mexicanos, como los del resto del mundo, están sufriendo cambios profundos debidos a las actividades humanas. La creciente explotación de los recursos naturales y la degradación de los ecosistemas hacen que se cuestione la permanencia de los recursos necesarios para la viabilidad de las poblaciones humanas. Estos cambios incluyen la alteración de comunidades bióticas, la extinción de especies, cambios en la resistencia y resiliencia de los ecosistemas ante las perturbaciones, procesos ecológicos que se alejan de su variabilidad histórica, cambios en la naturaleza de los ecosistemas y desacoplamiento de importantes ciclos biogeoquímicos.


Estos alarmantes procesos han motivado un reconocimiento del posible papel de la ecología en la toma de decisiones que permitan conciliar el manejo de los recursos naturales con la preservación de la biodiversidad.


Al igual que en muchas partes del mundo, en México existe una fuerte presión sobre la biodiversidad. Las principales amenazas son la conversión de los ecosistemas naturales a sistemas agrícolas o ganaderos, la contaminación, el cambio climático, la sobreexplotación de poblaciones y la introducción de especies exóticas.


Cerca de la mitad del territorio de México ha sido modificado intensamente. Sólo 41% de la selva remanente permanece como vegetación primaria, lo que lo hace el ecosistema más afectado por las actividades humanas. Los matorrales primarios actuales corresponden a un 55% de los originales. Ésta es la vegetación conservada en mayor proporción, aunque en términos de extensión absoluta los matorrales han sido los más afectados. Los bosques están desapareciendo a una tasa de 0.79%, o 2 672 km2 al año. Las selvas son deforestadas a una tasa casi del doble, 1.58% anual. Finalmente, la superficie de matorrales que se desmonta anualmente es igual que la de bosques, aunque en términos relativos es menor, 0.48%. En términos generales, se ha estimado que la tasa de deforestación es de casi 785 000 ha por año.


Una reducción en la diversidad de especies y de los tamaños poblacionales de las mismas, necesariamente implica una reducción en la diversidad genética. Asimismo, el favorecimiento de organismos cultivados o domesticados bajo criterios de maximizar su rendimiento, puede implicar una reducción de variabilidad genética.


El cambio climático global implica un incremento en las temperaturas superficiales, cambio en los patrones de lluvias, incremento en sequías e inundaciones, entre otros efectos graves. Estos cambios se dan de manera más rápida que la capacidad de adaptación de muchas especies, por lo que necesariamente implicará extinciones, así como modificaciones en la distribución de especies y tipos de ecosistemas tanto terrestres como acuáticos. Por otra parte, las sequías motivarán un incremento en los incendios forestales.


Adicionalmente, el desarrollo acelerado de la biotecnología y la generación de organismos genéticamente modificados constituye un riesgo potencial para la biodiversidad pues su contacto con poblaciones nativas pudiera tener consecuencias a diferentes escalas, desde una alteración en la diversidad genética hasta serias modificaciones en las interacciones ecológicas entre las especies.


Por otra parte, una muy grande diversidad cultural se ha desarrollado a la par que la diversidad biológica. En México subsisten 62 grupos indígenas que hablan 240 lenguas y dialectos, y conservan un profundo conocimiento de su entorno natural. Sin embargo, estos grupos se encuentran marginados del desarrollo de la sociedad mexicana y en su mayoría apenas cuentan con los recursos mínimos para subsistir.


México es un país privilegiado en cuanto a la riqueza de sus recursos naturales y los ecólogos mexicanos enfrentan el reto de avanzar en su conocimiento básico y de contribuir en la propuesta de acciones para su conservación y manejo sustentable.


Perspectivas

Si bien los retos que se enfrentan tienen mucho que ver con la conservación y el manejo de la biodiversidad en un país con una problemática socioeconómica muy compleja y que demanda soluciones expeditas en términos de sobrevivencia y desarrollo, es necesario tomar en cuenta que es imposible conservar y manejar algo que no se conoce. El lograr comprender los procesos físicos y biológicos que generan y mantienen esa asombrosa diversidad debe ser una de las prioridades fundamentales del quehacer ecológico en México. Se debe continuar con la descripción de ecosistemas, especies y genomas para lograr un inventario que es fundamental para la realización de cualquier tipo de estudio relacionado con la conservación y manejo de la biodiversidad. Aún es muy incipiente el conocimiento que tenemos acerca de la estructura y el funcionamiento de las comunidades naturales, así como de las interacciones entre organismos.


Los ecólogos mexicanos tienen la oportunidad y la capacidad de contribuir al conocimiento ecológico global abordando preguntas que todavía se encuentran sin respuesta.


Una pregunta relevante se refiere a los factores que determinan la densidad de las poblaciones. Con el tiempo, todas las poblaciones biológicas sufren fluctuaciones en sus abundancias. Estos cambios pueden ser afectados por factores ambientales que son independientes de la densidad poblacional o por otros que dependen de la densidad. Así, las poblaciones pueden sufrir incrementos explosivos que las convierten en verdaderas plagas o dramáticos declives que las ponen al borde de la extinción y los cambios pueden ser constantes en el tiempo o sufrir fluctuaciones caóticas o azarosas. Es necesario avanzar en la generación de modelos predictivos  a partir de registros de densidades poblacionales, en tiempos suficientemente largos y considerar de manera explícita la estructura espacial de las poblaciones para explicar sus cambios temporales. En la misma línea de esta pregunta, es necesario abordar aspectos relacionados con los factores que determinan que una especie sea rara o común. Esto está directamente relacionado con aspectos de conservación.


Otra pregunta en espera de respuestas se refiere a la relación entre la complejidad

y la estabilidad de comunidades ecológicas. Tiene que ver directamente con la

estructura y el funcionamiento de los ecosistemas y con la determinación de la diversidad en las comunidades. Esta diversidad está relacionada con los patrones de redes tróficas que en buena medida determinan la complejidad de las comunidades. La alta diversidad

de ecosistemas mexicanos constituye una promisoria base de datos para abordar

esta pregunta.


Por otra parte, la vasta diversidad de hábitats presentes en México permite abordar preguntas clave de la macroecología como son las relaciones entre el número de especies y el área y sus ámbitos de distribución geográfica.


Otro conjunto de problemas que aguardan solución en el siglo xxi se refieren a una mejor comprensión de cómo los procesos ecológicos, físicos y químicos operan para controlar los flujos de moléculas biológicamente activas como son el CO2, el nitrógeno y el fósforo, entre otras. Esto nos permitirá contar con mejores elementos para enfrentar las consecuencias del cambio climático global.


Además, es necesario acelerar la tasa de identificación de especies nuevas. Si en México se describen actualmente cerca de 400 especies nuevas cada año y si es correcta la estimación de la existencia de alrededor de 200 mil especies, entonces se requerirían alrededor de 400 años para completar el catálogo de especies mexicanas. Es de esperarse que este proceso se acelere en los próximos años con la implementación de técnicas moleculares para la identificación y la clasificación. Si contamos con mejores catálogos, tendremos más elementos para analizar tasas de extinción de las especies.


Si actualmente la vegetación nativa de México cubre menos de la mitad de su territorio, es de fundamental importancia entender las consecuencias ecológicas de la pérdida y fragmentación de hábitats y de diferentes prácticas de manejo en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas. Estos estudios, a la par de investigaciones que identifiquen los factores ecológicos y socioeconómicos que determinan los cambios en el uso del suelo y el cambio climático global facilitarán la construcción de posibles escenarios futuros y la priorización de actividades de conservación, manejo y restauración en diferentes regiones.


Se debe aprovechar el conocimiento ecológico tradicional de los pueblos nativos de cada región para generar agroecosistemas complejos que simulen a ecosistemas naturales en cuanto a estructura y función y que, a la vez, sean útiles para el hombre.


Es necesario fomentar la creación de nuevas áreas naturales protegidas en regiones prioritarias y asegurar el funcionamiento adecuado de las ya existentes. Estas áreas constituyen sistemas en los que  se pueden desarrollar estudios básicos de ecología e implementar aplicaciones prácticas derivadas de ese conocimiento en actividades de investigación, conservación, manejo y difusión. Estas áreas protegidas deben servir de base para la realización de monitoreos a largo plazo de variables ecológicas, físicas y socioeconómicas.


Un aspecto muy importante para enfrentar los retos de la ecología mexicana es la formación de recursos humanos que, si bien se especialicen en diferentes aspectos de la ecología, tengan una visión amplia de la problemática que se enfrenta en un país como el nuestro. Asimismo, se deberá fomentar la investigación interdisciplinaria que incluya perspectivas socioeconómicas, antropológicas, culturales, históricas y políticas para la solución de la complicada problemática ambiental que enfrenta México.


Finalmente, es necesario que los ecólogos mexicanos se involucren activamente en programas de difusión de la ciencia para poner a disposición de la sociedad los motivos, los alcances y las contribuciones de la investigación ecológica para el desarrollo de México y fomentar la comprensión de esta disciplina fundamentalmente entre la niñez y la juventud.


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13 de octubre de 2009

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